EL SIGNIFICADO DE LOS NÚMEROS

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LA PSICOLOGÍA CIENTÍFICA: QUIÉN SOY YO? No resulta fácil cumplir el mandato de Sócrates que recomendaba, como principio de toda sabiduría, el conocimiento de uno mismo.

Del mismo modo que no se encontrarían dos artistas capaces de pintar el mismo paisaje de una manera idéntica, no hay dos personas que interpreten exactamente igual el mundo que les rodea porque no ven, no sienten y no piensan del mismo modo. Las diferencias orgánicas, de educación, ambiente, temperamento y carácter, hacen que cada hombre sea un microcosmos capaz de comprender el mundo en que vive, pero de manera muy distinta a como lo hace su hermano gemelo, su vecino, su conciudadano y, ya más alejado de él, un hombre de otra raza o de otra época.

Si esta visión exterior se manifiesta tan distinta en cada hombre, imagínese cuál será la diferencia entre la interpretación que dará cada uno de sí mismo y la que pueden dar los demás. De cuántos modos se contestará la gran pregunta: ¿Quién y cómo soy yo?

Partiendo de un deseo de sinceridad, y admitiendo un máximo de buena fe, se pueden dar las siguientes interpretaciones de la personalidad de cada hombre:

Cómo cree ser. Cada uno tiene un concepto de sí mismo y sería capaz de anotar una serie de cualidades y defectos propios. «Siento debilidad por las rosas, me enfado si me contradicen, soy propenso al sueño, no me gustan las canciones ligeras, etc.». Éste sería el yo visto por uno mismo.

Cómo desea ser. El Yo actual, presente, el hombre real, advierte que no coincide con el hombre ideal. A menudo se tiende a un ideal imposible y raramente se alcanza la meta propuesta porque el ideal suele cifrarse demasiado elevado. Hay quien es un excelente médico, pero ha soñado con triunfar en la vida como pintor, y este hombre frustrado, fracasado, que todos' llevamos dentro, es otro Yo que unas veces nos impulsa y otras veces nos amarga.

Cómo cree que le ven. La opinión de los demás nos interesa siempre, y por las conversaciones, por la conducta, por el gesto, intentamos adivinar qué piensan de nosotros los demás. A veces imaginamos que nuestra presencia en una reunión es muy bien acogida, y en otros momentos creemos descubrir una sombra de indiferencia, quizás de fastidio. ¿Cómo creemos que nos ven los otros? El que es victima de manía persecutoria cree que los demás le juzgan pésimamente. Esta interpretación del Yo es peor que la realidad. Lo contrario ocurre con el vanidoso, el infatuado que se cree valorado en más de lo que realmente vale y es.

Cómo nos ven 'en realidad, los demás. Esto no lo podremos saber nunca de verdad, pero cada uno de nuestros amigos y conocidos tiene su concepto de nosotros. Muchas veces será injusto o inexacto, en ocasiones demasiado halagüeño, en otras demasiado peyorativo, pero «ellos» nos han juzgado y este juicio raramente coincide con el que nosotros hemos formado de nosotros mismos.

En este último juicio, el prójimo nos atribuye intenciones que quizás no abriguemos, supone que vamos a tener ciertos éxitos y ciertos fracasos, nos considera fuertes y capaces para tal cosa, pero débiles e ineficaces para otras. Con frecuencia se equivoca, pero en otros casos acierta.

Sería ideal poder sintetizar estos juicios en uno solo. De su coincidencia, llegaríamos al conocimiento exacto de nosotros mismos. Cómo somos nosotros, humanamente, no lo podemos saber sino por aproximación. El conocimiento perfecto y verdadero de cada uno sólo puede tenerlo Dios.

Todos los esfuerzos de la Psicología tienden al mejor conocimiento del Yo, de la persona, del individuo. Psicología deriva de la palabra griega psiché, que significa «alma». Pero el alma sólo puede ser conocida por sus manifestaciones: los pensamientos, la conducta, los sentimientos, la acción.

¿Hasta qué punto es posible conocer el Yo y sus actos?
Si el jefe de personal de una empresa pretende determinar la capacidad, la honradez, la eficiencia de sus empleados por la sola contemplación de su aspecto externo, de sus fotografías, por ejemplo, se equivocará con toda seguridad. Es inútil pretender conocer a una persona por una impresión personal intuitiva.

El psicólogo utiliza hoy día multitud de tests o pruebas científicamente contrastadas que le permiten determinar con certeza algún aspecto de la personalidad: medida de la atención, de la memoria visual, de la inteligencia abstracta, etc.

Las pruebas preconizadas por la Psicotecnia han sido elaboradas después de innumerables ensayos, estudios, rectificaciones y análisis. Ante la posición escéptica de los que desconfían de las pruebas psicológicas para la determinación de una cualidad en un individuo, cabría oponer una copiosa literatura y la realidad de que estos exámenes psicotécnicos dan excelentes resultados en el campo del trabajo y de la vida corriente.

Pero, ¿es posible medir nuestro modo de ser? ¿Se pueden valorar con cifras los fenómenos anímicos? Con un dinamómetro se precisa la fuerza de la mano derecha, pero ¿se puede determinar con cifras el dolor que siente una madre por la pérdida de su hijo?

Las facultades del alma no se pueden medir; sólo es posible apreciar sus manifestaciones y esta apreciación, caso de valorarse en cifras, no tiene las características de precisión e infalibilidad de un cálculo matemático. Claparede decía que las valoraciones sólo pueden significar «probabilidades». Nunca podrá decirse, por ejemplo, que un muchacho no sirve para tal menester, sino que en él sus probabilidades de éxito son escasas.

El primer encuentro con las manifestaciones del alma humana lo tenemos por experiencia propia cuando lanzamos la luz de la conciencia hacia nuestro interior para examinar nuestra conducta, nuestros sentimientos y nuestros propios deseos. Este autoanálisis que llevamos a cabo mil veces cada día se llama introspección. Es una mirada interior, en busca de nuestro propio Yo.

Cuando los antiguos recomendaban el nosce te ipsum, el conocimiento de uno mismo, consideraban que ésta era la forma más perfecta de conocerse. En la actualidad la introspección es sólo una forma de conocimiento y no suele ser siempre sincera. Los tests o pruebas imparciales realizadas por una segunda persona son más objetivos que el propio análisis. Los cuestionarios, las encuestas y otras formas generales, ideadas por los psicólogos para conocer al hombre, completan el método fundamental que es la introspección. Sin embargo, ésta es importante, pues a poco que nos acostumbremos a esta visión interior, advertiremos que nuestra intimidad ofrece una riqueza y variedad de notas impresionante.

El mundo físico se caracteriza por la objetividad.
El mundo interior, por la subjetividad.

El primero existe fuera de nosotros, pero el interior es nuestro y resulta imposible imaginarlo fuera de nuestra propia existencia, de nuestra vida.

¿QUÉ ES EL ALMA? Primero cabría preguntarse si realmente existe. Algunas escuelas filosóficas explican la vida psíquica por un constante fluir de hechos, pero sin admitir la existencia de un principio único, espiritual, inmortal, independiente del cuerpo, al que se ha llamado alma.

Para los materialistas el ser humano es un cuerpo vivo constituido por células y moléculas, en el que se dan fenómenos físicos y quimicobiológícos parecidos a los que pueden afectar a un protozoo, pero más complicados. Vogt llegó a decir que «el espíritu es a los nervios como la orina es a los riñones», frase brutal que demuestra un concepto totalmente materialista del hombre y de la vida.

Ciertos espiritualistas extremados, adoptando una posición contraria llegaron a decir que el cuerpo no existe, sino que es sólo una figuración del alma. El obispo Berkeley afirmaba que nada existe fuera de nuestro propio pensamiento y de nuestro Yo.

La conciencia de que nosotros somos algo permanente es clara e indiscutible. A mis 50 años siento que soy íntimamente el mismo que fui en mis tiempos de escolar a pesar de que este cuerpo mío haya cambiado tanto. Y seguiré identificándome con él hasta el día de mi muerte, en que mi cuerpo llegue a su plena decadencia.

El principio espiritual que informa mi Yo, esta sustancia invisible, espiritual, inaprensible, que me da permanencia y me hace esperar una vida eterna, es el alma.

El alma humana es inmortal, porque ha de sobrevivir al cuerpo a fin de recibir un premio o un castigo en el más allá.
Es una y simple, porque no consta de partes y en mis actos soy siempre idéntico a mí mismo.

Es espiritual, porque no se siente ligada íntimamente a la materia. El hombre quiere, razona y siente de un modo independiente de sus funciones orgánicas, como puede ser la digestión.
Es racional, porque se rige por motivos superiores y, aunque necesita del cuerpo para expresarse y subsistir, sabe que la mano al escribir no es sino un instrumento que actúa de enlace entre la pluma y la mente.

Los pensadores materialistas argumentan diciendo que si se perturba el cuerpo a causa de una enfermedad, de una intoxicación, de condiciones externas adversas, también se perturban las actividades espirituales v de ello deducen que aquéllas son la causa de éstas. Para los espiritualistas una intoxicación alcohólica viene a ser como la avería en el automóvil que le impide moverse, pero en ningún caso esta avería afecta a la integridad del chófer. El sistema nervioso, para los materialistas, es la causa del pensamiento. Para los espiritualistas es instrumento y medio de expresión que, naturalmente, puede llegar a impedir ésta, si se halla profundamente lesionado.

La existencia en el hombre de ideas universales, de orden superior, es uno de los argumentos utilizados para probar la verdad del alma. En efecto, el concepto que podamos tener de Belleza, Justicia, Orden, Bondad, etc., nada tiene que ver con las sensaciones o sentimientos que los objetos bellos, ordenados, buenos, etc., nos producen. Las ideas universales son elaboraciones de índole espiritual, distintas de las cosas bellas, justas o buenas. Y el principio capaz de dar vida a estas ideas de orden superior, ha de ser, también, superior, espiritual, simple, etc., es decir, el alma inmortal.

 
 
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